INAH
Rito y ceremonial de la muerte–
Para los antiguos mexicanos, el reino de los muertos, llamado Mictlán, era un frío y oscuro lugar ubicado en el último de los panes de inframundo. En el gobernaban el señor y la señora de los difuntos, Mictlantecuhtili y Mictecacihuatl, quienes eran identificados por su aspecto esquelético, sus cabellos encrespado y lo ojos saltones; ellos portaban además, en el agujero informe, cuchillos de sacrificio, en señal de que ellos hablaban y exhalaban muerte.
Cuando algún integrante de una
familia moría, sus deudos iniciaban un riguroso ritual que duraba 40 días,
dentro de cuales practicaban abstinencia sexual y de alimentos. El ritual daba
inicio con el sacrificio de un perro xoloitzcuintle y la quema del bulto
que contenía los restos del difunto, en cual había sido previamente envuelto en
telas preciosas o en simples petates de acuerdo con la posición social que
hubiese tenido en la vida el individuo; asimismo, le había sido colocado en su
boca una cuenta de jade o una piedrecita pintada de azul si era noble o común
respectivamente. Así de esta manera simbólica, el alma del difunto iniciaba su
recorrido por los nueve planos ubicados debajo de la tierra o tlalticpac.
Durante su trayecto, aparte de perder su piel, el difunto tenía que sortear una
serie de peligros que constantemente lo acechaban para poder llegar hasta el
Chignahuapan, o rio de novena región, en donde reconocía el perro que había
sido sacrificado; de esa manera, llevando al animal como guía, cursaba el
caudal, arribando finalmente al frío Mictlan, donde no retornaría jamás.

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